Uno de los criterios que suelen utilizar las firmas de abogados a la hora de seleccionar asociados son las notas (o ranking) de la universidad (además de la universidad en la que estudiaron, por supuesto). Las notas obtenidas durante la carrera son consideradas una ventaja profesional para los recién egresados, ya que señalarían disciplina, responsabilidad, esfuerzo y, en el mejor de los casos, inteligencia; características muy valoradas por las firmas a la hora de contratar.

De allí que sea común encontrarse en las principales firmas de abogados con asociados inteligentes, responsables y con buenas notas. Y al mismo tiempo, uno se topa con estos perfiles excepcionales, pero que son profundamente infelices.

Esto, porque la experiencia muestra que no todos los que estudiaron Derecho debieron ejercerlo o, al menos, hacerlo en una firma de abogados.

1. Ser buen alumno no es ser buen abogado.

La universidad premia memoria, estructura, capacidad de responder exámenes, responsabilidad, etc. El mercado, en cambio, premia criterio bajo presión, tolerancia al conflicto, ambigüedad permanente, manejo político, exposición al error y, aunque no nos guste admitirlo, capacidad de vender.

El salto es brutal. Muchos descubren recién a los 30 años que su personalidad no encaja con el modelo.

Pero ya están dentro.

2. El perfil técnicamente brillante, pero estructuralmente desalineado.

El caso típico. Un asociado excepcional que es un excelente redactor, cumple con los plazos y estudia más que todos.

Sin embargo, ese asociado no quiere hablar con clientes, no quiere exponerse en reuniones, no tolera la incertidumbre, se paraliza frente a decisiones grises y le incomoda profundamente la lógica comercial.

Y la práctica corporativa moderna es exactamente eso.

No es falta de talento. Es un desajuste.

El modelo de negocio tradicional de las firmas de abogados está diseñado para seleccionar perfiles comerciales en la cima, aunque el sistema de entrada premie excelencia académica.

Hay una incoherencia estructural entre criterio de entrada y criterio de éxito.

3. Lo que nadie dice: no todos están hechos para ser socios.

El modelo piramidal promete meritocracia. “Si trabajas duro, llegarás a ser socio”.

Eso no es cierto. El modelo necesita pocos socios, y necesita socios con perfiles comerciales, tolerancia al riesgo y que quieran jugar el juego del poder interno.

Hay asociados excelentes que jamás deberían aspirar a ser socios. No porque no tengan talento, sino porque el modelo no necesita más talento técnico. Necesita generadores de negocio.

Y eso no es fracaso personal. Es diseño organizacional.

El problema es que nadie lo conversa a tiempo.

4. El sistema tampoco ayuda.

Las firmas no dicen: “no estás hecho para este modelo”. Porque el sistema necesita asociados junior que ingresen y facturen horas. El sistema no está diseñado para maximizar la realización profesional. Está diseñado para maximizar margen.

Entonces, se estira la cuerda… por años. Hasta que aparece el burnout, la frustración, el cinismo o la salida tardía.

He visto asociados técnicamente brillantes perder 10 años intentando encajar en un traje que no era el suyo.

Me acuerdo de una conversación que tuve hace unos días con un asociado de una gran firma de abogados chilena. Egresado de la Universidad Católica dentro de los 10 mejores alumnos de su generación. Tiene 32 años e ingresó a la firma luego de egresar de la universidad. Lleva dos procesos de promoción donde “casi” quedó.

En ambos le dijeron lo mismo: excelente técnicamente, pero todavía no estás listo para el siguiente nivel.

Gana bien. Vive cómodo. Desde afuera, parece éxito. Sin embargo, cada domingo en la tarde siente lo mismo: cansancio antes de empezar. No tiene un proyecto propio, no tiene clientes propios y no tiene claridad de hacia dónde va.

Solo tiene más horas facturadas que el año anterior.

Antes de despedirnos, le pregunté: «¿Esto es realmente lo que quieres hacer los próximos 20 años?»

5. Las preguntas que debes hacerte.

Si este artículo te “molesta”, puede que sea porque algo te tocó. Y no es un juicio.

Las preguntas que debes hacerte son:

  • ¿Elegiste Derecho por vocación o por inercia?
  • ¿Quieres realmente ser socio o solo no sabes qué otra cosa hacer?
  • ¿Te apasiona el conflicto, la negociación y el riesgo o preferirías un entorno estructurado y predecible?

En un mundo donde la IA empieza a absorber trabajo técnico, el perfil puramente operador es el más expuesto.

Si la ventaja competitiva del asociado es técnica, y la técnica es lo más automatizable, el desajuste se vuelve más evidente.

El abogado del futuro no será el que más memoriza, será el que mejor decide bajo incertidumbre.

El problema no es que existan “asociados que nunca debieron ser abogados”; el problema es que el sistema no permite decirlo a tiempo.

Y seguimos confundiendo buen alumno con buen profesional, pero son cosas distintas. Muy distintas.

Mientras no cambiemos eso, seguiremos formando frustración con honores.

Mientras tanto, puedes tener claro que muchas veces no estás cansado del estudio jurídico donde trabajas; estás cansado de fingir que esta era tu vocación.

El problema no es que no seas lo suficientemente bueno para la firma; puede que la firma nunca haya sido el lugar correcto para ti.

Seguir ahí también es una decisión. Aunque prefieras llamarla estabilidad.

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