Marcelo Crivelli AbogadoPor Marcelo Crivelli, abogado argentino

Según una vieja canción, había un hombre que había tropezado dos veces con la misma piedra. Nada para hacer tanto aspaviento: en Argentina somos más de cuarenta millones y llevamos ya casi dos siglos tropezando con una y otra piedra, dale que dale. Si hubiera un diván suficientemente grande para todos, sería tema para una buena terapia. Somos adolescentes.

Pan y circo, decían en Roma. Europa fue gobernada por reyes durante miles de años. Sólo recientemente –en términos históricos- ha abrazado la democracia republicana. Mientras tanto, en la joven América, antes y después de la llegada de los europeos, el sistema político de los pueblos originarios no era muy diferente.

Un buen día los franceses se hartaron de tanto Luis, cortaron unas cuantas testas y decidieron gobernarse ellos mismos. Pero para que el gobierno fuera efectivamente de ellos mismos y no de un rey puesto, con otro nombre, ingeniaron un sistema de pesos y contrapesos. El pueblo elegiría representantes de distintos bandos. Los representantes se reunirían en un cuerpo colegiado y tomarían entre todos, deliberando y votando, y tendrían el poder de establecer las normas bajo las cuales se ordenaría la sociedad. Primero una norma básica, bajo la cual se construiría una pirámide normativa. La pirámide jurídica se convirtió así en la primera que se construye de arriba hacia abajo. Tendrían también un poder ejecutivo, ejercido por una persona elegida por todo el pueblo, fuera directa o indirectamente, al que podremos llamar Presidente. El Presidente –como buen vecino- está obligado por las leyes. Es más, debe velar por su cumplimiento. Ejecutarlas y hacerlas cumplir. Tiene, no obstante, ciertos poderes de gestión y un ámbito de discrecionalidad en el cual ha de moverse con honradez y prudencia, pues está administrando bienes ajenos. Por último, un tercer poder independiente se ocuparía de controlar que los otros dos honraran tanto la Constitución como todo el plexo normativo, sin salirse del cauce.

En paralelo, creció el concepto de república, como complemento de la democracia. Para que la democracia no fuera una farsa, el Estado debía organizarse sobre algunos pilares, entre otros: los funcionarios serían elegidos por el pueblo, y por un tiempo limitado. Los actos de gobierno serían públicos, y controlados por los jueces. Habría libertad de expresión para asegurar la participación ciudadana.

25 MayoPasaron algunos años, y jóvenes ilustrados de toda América abrazaron el nuevo sistema. Poder del pueblo y para el pueblo. El pueblo criollo quería gobernarse a sí mismo, y rápido. En el caso de nuestro Virreinato del Río de la Plata, pasar de ser territorio ultramarino de un imperio a ser país un país independiente llevó cuarenta años. Pasar de país independiente a país organizado bajo un régimen democrático y republicano llevó cuarenta y cuatro, que costaron mucha sangre. Vale decir que pudimos separarnos de nuestra Madre Patria sin grandes conflictos entre criollos, tirando todos para el mismo lado, pero cuando quedamos solos pasamos un período aún más largo combatiendo entre hermanos. Típica pelea por la herencia.

Lo cierto es que llegamos al presente sin haber superado el Edipo. Después de tanto trauma, los argentinos seguimos esperando que una madre o un padre nos gobierne. Un líder carismático. Que será malo, pero es más cómodo. Hasta 1983 hemos hasta tolerado gobiernos militares de facto (hasta que ya no los toleramos más) con tal que alguien se encargara del trabajo a nuestro gusto, con los resultados que son conocidos. Cualquier análisis de la situación argentina debería pasar por ahí.  La culpa siempre es del otro. Que venga alguien y nos resuelva los problemas, sin pedirnos que nosotros mismos crezcamos y mejoremos. Somos adolescentes.

Los argentinos decimos querer gobernarnos solos, pero siempre esperamos un Mesías. Juegue o no al fútbol. Hablamos y hablamos de honradez y eficiencia, pero no siempre somos honrados y eficientes en cada casa. Esperamos en los gobernantes virtudes que los propios ciudadanos no siempre cultivamos. Ortega tenía razón, y Gasset también. Nos guiamos más por los dichos que por los hechos.

El primer gobierno de los Kirchner, vale decir, el de Néstor, fue al menos medianamente eficiente. Claro que con la principal materia prima exportada por el país en un pico histórico todo es más fácil. El hombre no era un republicano fanático. De hecho, inventó un artilugio muy poco sutil para vencer el valladar constitucional de una única reelección posible: nombró candidata a su mismísima esposa, planificando una alternancia por los siglos de los siglos. No funcionó. Segunda vez que un líder peronista fallece y nos deja en manos de su viuda. Cristina fue reelecta, y como no logró el anhelo de tantos (quizás también de ella) de modificar la Constitución, debe dejar su sillón. Claro. ¿Pero a quién habría de dejar su cetro una mandataria que se considera a sí misma insustituible? ¿A quién ceder el trono de Néstor, con cuyo nombre aún tibio su viuda ha bautizado desde torneos de fútbol hasta centros culturales? ¿A quién confiar el mando cuando ella y sus ministros deberán pilotear –vaya tormenta- a través de exactamente 750 denuncias judiciales de corrupción? El líder carismático no suele reconocer el carisma de nadie. Cuando alguien cree ser el regalo de Dios para la Humanidad, todo le parece poca cosa.

Seguimos! (1)El elegido fue Daniel Scioli, un hombre vinculado al vilipendiado Carlos Menem y a todos sus sucesores, un mal gobernador de la provincia más poderosa del país durante dos períodos. ¿Alguien podría pensar que un hombre que ha estrellado una provincia sería bueno para conducir todo el país? Sólo Cristina. Pero no le confió el honor por sus luces y antecedentes, sino por el sencillo don de su docilidad aparente, y por medir bien en encuestas realizadas por otros cortesanos del Emperador desnudo. Por si no fuera suficiente, Cristina apoyó como sucesor de Scioli en la gobernación de la provincia de Buenos Aires a un señor llamado Aníbal Fernández, poco querido por la gente que siempre es mala y disemina rumores infundados. La situación económica es mala, un poco por el drástico descenso del precio de la soja que sostuvo a Néstor, otro poco por los caprichos del poder, que desconoce todas las reglas de la economía. Fueron bajando las divisas, no hay inversión, comienza una recesión y el circo ya no luce tan bien. La situación no es sostenible ni siquiera a corto plazo.

Mientras tanto, la clase media está harta. Harta de que todo aquel que no piensa como la presidente sea considerado un enemigo, un cipayo, un traidor, un gorila. Harta de que se pongan y saquen jueces para salir impunes. Harta del clientelismo y la compra de votos. Harta de peleas. Harta del afán de protagonismo y la manipulación de la imagen y las noticias. Harta de medidas setentistas que nos hacen sentir vistiendo pantalones Oxford cuando ya nadie los usa. Harta de una política exterior que nos aísla del mundo. Lo que ha cambiado ahora es que también importantes sectores obreros se han dado cuenta de lo mismo. Las ideas de la izquierda siempre han sido el cambio, la Justicia, la distribución. Pero cuando los sectores más postergados advierten que quien pregonaba el cambio ahora no quiere cambiar, que quien atizaba al gobierno de Menem por su corrupción ahora está rodeada de casos propios, que los únicos cambios en materia de Justicia han sido para colocar amigos, que miles de puestos en la estructura pública han sido ocupados por gente sin preparación alguna pero que habla con terminología militar de los 70, entonces los pobres desconfían, y empiezan a diferenciar lo que dicen de lo que hacen. Eso que tanto brillaba no es oro, ni siquiera bronce, y a veces hay que dejar discurso y relato y dedicarse a los hechos.  Como pasa siempre, los últimos en enterarse han sido Cristina y sus laderos, que ahora intentan decir que ellos son muy distintos de sí mismos, como el hombre violento que promete a su esposa que cambiará. Es tarde, ya se enamoró de otro.

Scioli fue muy castigado en la primera vuelta, y su candidato a gobernador perdió estrepitosamente, lo cual puso al desnudo divisiones y rencores dentro de sus filas, que lejos de acallarse, crecen.

El contendiente de Scioli se llama Mauricio Macri, un hombre absolutamente pragmático pero muy poco ducho para hablar en público. Viene de una familia de inmigrantes italianos que amasó poder y fortuna con la construcción, y la principal crítica elevada en su contra es la portación de apellido. Ha sabido formar equipos sólidos, lejos de ser perfectos, pero más ajustados a este siglo. Ha demostrado alguna eficiencia en su gobierno de la capital porteña, el tiempo dirá si son eficientes y honrados a nivel nacional, pero al menos representan un cambio.  Macri se ha aliado con sectores del radicalismo y con las filas de Lilita Carrió, que hace de transparencia y conducta su bandera. Veremos si están a la altura. Cuando estabas presa del Caballero Negro, cualquier recién llegado es un Príncipe Azul.

Aunque resta el último tramo hasta el ballotage, las encuestas, el mercado y la calle dan por hecho el triunfo de Macri. Si eso ocurre, podría ser la primera vez que los argentinos tengamos un gobierno de equipo y no de caudillo, que atienda al mismo tiempo las reglas de la política y de la economía y que nos recuerde a todos que gobernarnos a nosotros mismos exige compromiso y participación, que siempre es bueno ganarse el pan, y que el circo es para los niños, o para nosotros, pero de vez en cuando.

Marcelo Crivelli

@MarzoCrivelli

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