El problema no es que los socios no sepan que deberían diferenciarse. Lo saben. El problema es que cuando llega el momento de decidir, casi todos hacen lo mismo: amplían el abanico.

Más áreas de práctica. Más sectores. Más geografías. La lógica parece razonable: a más opciones, más clientes posibles.

En la práctica ocurre lo contrario. Cuanto más abres el abanico, más te pareces a los otros, y más fácil le resulta al cliente decidir por precio.

Salir de esa trampa no es un ejercicio de comunicación. sino de negocio.

El espejo no basta

El ejercicio habitual en los despachos es mirarse hacia dentro: qué áreas tienen, qué socios, qué historial. Ese trabajo tiene valor, pero solo resuelve la mitad del problema.

La otra mitad es entender para quién eres la opción obvia. No la opción competente, sino la obvia. Qué tipo de empresa, de qué tamaño, en qué momento de su vida corporativa, con qué presión encima.

El director jurídico de una aseguradora y el responsable legal de una constructora mediana pueden necesitar el mismo tipo de asesoramiento laboral. Pero uno gestiona conflictos colectivos con sindicatos nacionales y el otro despidos individuales en obra. Si tu propuesta les dice lo mismo a los dos, ninguno siente que le estás hablando a él.

Cuatro palancas. No todas igual de accesibles.

Las firmas que mejor funcionan en mercados saturados no hacen algo misterioso. Segmentan. Pero lo hacen por cuatro vías distintas, y vale la pena entender cuál encaja con cada despacho.

La primera es la especialización por materia y sector combinados. No «mercantil». No «laboral». Sino «litigios de construcción de más de X millones en la Comunidad Valenciana» o «acompañamiento a fondos internacionales en operaciones hoteleras en España». Cuanto más concreta es la combinación, más fácil es que el cliente te coloque en la casilla correcta cuando tiene ese problema encima de la mesa.

La segunda es la especialización por tipo de cliente. Hay despachos que han dejado de pensar en áreas de práctica y han empezado a pensar en perfiles de comprador. No «somos laboralistas», sino «trabajamos con redes de clínicas privadas con más de veinte centros». Cuando entiendes de verdad la presión de ese comprador, dejas de sonar genérico en cada propuesta.

La tercera, y la menos explotada, son los activos que otros no pueden copiar en seis meses. Bases de datos propias sobre resultados en un tipo de litigio concreto. Herramientas que permiten simular escenarios y costes antes de que el cliente firme nada. Una red de corresponsales probada en docenas de asuntos reales, no en dos operaciones aisladas. Cuando esos activos están bien articulados, el cliente no solo te contrata a ti: contrata el sistema que has construido.

La cuarta es el modelo de entrega. Cómo trabajas, no solo qué sabes. Plazos garantizados por escrito. Equipos dedicados en lugar de socios que aparecen en el pitch y desaparecen en la ejecución. Reporting que el cliente entiende sin necesidad de llamarte para que se lo expliques. Son diferencias que no requieren ser el mejor técnico del mercado. Requieren tener el proceso mejor diseñado.

Tres condiciones que cualquier diferenciador debe cumplir

Puedes elegir cualquiera de esas cuatro palancas, pero si tu diferenciador no cumple estas tres condiciones, no funcionará en el mercado.

Tiene que ser verdad. No hace falta estar hoy en el ideal, pero debes estar cerca o trabajar activamente para llegar. Si dices que eres el despacho de referencia en algo y tu historial no lo sostiene, el mercado lo detecta antes de lo que crees.

Tiene que importarle al cliente. No construyas tu posicionamiento alrededor de algo que solo os preocupa a los abogados del despacho. Pregunta a tus mejores clientes por qué repiten, en qué momento te recomendarían sin dudar y qué echarían de menos si mañana no estuvieras. Las respuestas suelen tumbar bastantes eslóganes.

Tiene que poder demostrarse. «Somos muy ágiles» no vale. Plazos concretos, sí. Indicadores, sí. Ejemplos de asuntos donde esa rapidez cambió el resultado para el cliente, también. Sin pruebas, cualquier promesa acaba sonando igual que la del despacho de enfrente.

La decisión que nadie puede tomar por ti

Diferenciar un despacho no es un problema de diseño ni de redacción. Es una decisión de foco y de renuncia.

Renuncia a clientes para los que no eres la mejor opción. Renuncia a áreas donde eres competente pero no destacas. Renuncia a la comodidad de parecer útil para todo.

Esa renuncia es exactamente lo que hace creíble el posicionamiento. Sin ella, cualquier frase bien redactada sigue siendo decoración.

El mercado jurídico no va a volverse menos competitivo. Pero hay despachos que están dejando de competir en todas las listas cortas para ser los primeros en unas pocas. La diferencia entre unos y otros no es el tamaño ni el presupuesto de marketing.

Es haber tomado esa decisión.

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