Apenas he podido regresar una vez a mi oficina. Recogí mi manual de ortografía, la lista de claves de ingreso a redes sociales propias y de la firma y unos cuantos papeles más que camuflé en una bolsa de supermercado.

Descubrí la utilidad que tiene en estas circunstancias la expresión “buenos días” cuando me crucé con policías y militares que podían preguntarme qué hacía por lo calle en una ciudad, en plena cuarentena, en la que un domingo por la mañana “no había un alma” fuera de su casa. Hice el mismo camino que recorría habitualmente todas las mañanas para llegar al trabajo. Volví sobre mis pasos para recuperar, brevemente, la rutina perdida.

He descubierto lo idílicas que son las imágenes que aparecen cuando escribo home office en la computadora (sí, uso una PC). Pulcras, luminosas, espacios excesivamente ordenados, blanquecinos por decir lo menos. En español, en realidad, lo llamamos teletrabajo (lo que le hace perder parte de su encanto llevándonos a la cruda realidad). En cambio, home office nos transporta a un escenario casi paradisiaco, diáfano, anhelado.

No sé por cuánto tiempo más este seguirá siendo mi modus operandi. Como diría el poeta afroperuano Nicomedes Santa Cruz:

A cocachos aprendí
mi labor de colegial
en el Colegio Fiscal
del barrio donde nací.

(cocacho es el equivalente a coscorrón en algunos países de Sudamérica).

Por el momento comparto la única PC de la casa, en algunos momentos del día, con una de mis hijas, cuyo colegio apuradamente tuvo que salir a impartir clases a distancia. Mucho temo que pronto esto se convertirá en batalla campal.

Sí, admito que la pandemia modificará patrones de comportamiento que habíamos sacralizado.

Varias empresas dejarán de arrendar cientos de metros cuadrados para permitir que dos colaboradores utilicen el mismo espacio (uno por la tarde y el otro por la mañana). Después estarán en su casa haciendo teletrabajo.

En la minería, en Perú, se utiliza la expresión “cama caliente”. Cuando un trabajador se levanta para trabajar, otro está llegando al pabellón para dormir.

Los despachos de abogados, un sector en el que saldremos a contar muertos y heridos en los próximos meses, encontrarán aquí un alivio. Un dato no menor es que en Perú muchas de las firmas más importantes no son propietarias de las oficinas que ocupan. Incluso antes de esta emergencia algunos estudios, frutos de sonadas escisiones, se habían animado por el coworking.

Lo que antes parecía salido de una película de ciencia ficción, ahora se pasea como si siempre hubiera estado allí. El uso de plataformas para conferencias virtuales se ha, de alguna manera, “masificado”. Quienes sabían a duras penas de su existencia se atreven a calificar como “poco confiables” a aquellas que han alcanzado súbitamente fama y fortuna. Para ello recogen las noticias que encuentran en la red y exigen a sus departamentos de comunicaciones que “hagan algo”.

Sí, la manera como nos reuníamos y realizábamos reuniones o eventos también sufrirá cambios profundos, al menos por un buen tiempo.

Lo que pensaba resultaría ser un aprendizaje de a pocos terminó siendo una inmersión sin previo aviso. He tenido la “osadía” de recomendar algunos tutoriales, luego de ver una buena cantidad, a quienes todavía no se sienten tan familiarizados con estas herramientas. Las clases en la universidad donde enseño no se sabe si este semestre podrán, en algún momento, recuperar el carácter de presencial. Lo dudo.

Sí, el famoso y clásico lugar común “nunca se deja de aprender”, asumirá una relevancia inusitada.

Por ejemplo, tendremos que perder el miedo a utilizar plataformas colaborativas. Hace un tiempo me registré en una de ellas, pero la terminé utilizando como una lista de pendientes. Sí, como los post-it. Emplearla en su verdadera dimensión se ha convertido en una tarea impostergable.

Escucharemos hablar de resiliencia

Resiliencia, palabra recién incorporada al Diccionario de la lengua española, proveniente de un anglicismo, y que estuvo de moda hasta no hace mucho.

Asumiremos con flexibilidad situaciones límite y deberemos sobreponernos a ellas (esta es la acepción más apropiada para el momento).

O, repitiendo al poeta, “a cocachos aprenderemos”.

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