Hace unos días circuló un artículo de Matt Shumer titulado “Something Big Is Happening”. El texto ha sido tildado de exagerado, alarmista y “muy Silicon Valley”. Probablemente tienen algo de eso.
Pero sería un error descartarlo por el tono y no mirar el fondo.
El punto central de Shumer es que la inteligencia artificial ha dejado de mejorar marginalmente el trabajo intelectual y está empezando a competir directamente con él. No como promesa futura, sino como hecho presente.
Y ahí la abogacía tiene un problema serio. No tecnológico. Cultural.
1. La IA no viene por el derecho. Viene por la forma en que los abogados trabajan.
Shumer no dice que la IA vaya a “reemplazar profesiones” de un día para otro. Lo que dice —y esto es clave— es que una parte muy relevante del trabajo de cuello blanco ocurre en una pantalla, y eso ya es terreno disputado.
En Derecho, eso incluye buena parte de lo que hoy estructura la práctica: análisis de documentos, redacción de contratos, revisión de antecedentes y jurisprudencia, síntesis de argumentos, búsqueda e investigación jurídica, estandarización, etc.
No es que la IA “entienda el Derecho”. Es que ejecuta cada vez mejor tareas que durante años justificaron horas, equipos y jerarquías completas.
2. El verdadero riesgo no es quedarse sin trabajo, sino quedarse sin propuesta de valor.
La clásica pregunta que ronda siempre es si la IA va a reemplazar a los abogados. Pero la pregunta correcta —y aquí Shumer lo plantea— es otra: ¿qué tipo de abogado sigue siendo valioso cuando ejecutar deja de ser escaso?
Cuando cualquiera puede producir un memo razonable, un contrato decente o una revisión aceptable, el diferencial deja de estar en hacer y pasa a estar en decidir qué importa y qué no, identificar el riesgo real (no el teórico), entender contexto, incentivos, poder, y decir “esto no conviene”, aunque no sea la respuesta esperada.
Eso no lo hace la IA. Pero tampoco es lo que la profesión ha premiado históricamente.
3. El autoengaño profesional: evaluar la IA con la versión equivocada.
Uno de los puntos más interesantes del artículo de Shumer es la brecha temporal. Mucha gente opina hoy sobre la IA con la experiencia mental de modelos de hace dos años.
En el mundo legal esto es evidente. Abogados, socios y académicos opinando con seguridad sobre herramientas que no usan, flujos de trabajo que no han probado y capacidades que subestiman sistemáticamente. Y hablan de alucinaciones pensando en modelos de IA que ya quedaron atrás.
Eso no es prudencia. Es decidir estratégicamente desde información obsoleta.
4. Adoptar IA no cambia nada, lo que hay que hacer es reorganizar la práctica legal.
Shumer insiste en que la ventaja no está en “usar IA”, sino en usar IA antes y mejor que otros. En Derecho, esto implica algo aún más potente: usar IA sin cambiar procesos, pricing, roles y expectativas no transforma nada.
El impacto real aparece cuando se cuestiona la lógica de la hora, se redefine qué hace un junior, un senior y un socio, se acepta que parte del trabajo que daba estatus hoy es commodity o se rediseña la entrega de valor al cliente.
Eso no es un desafío tecnológico. Es un desafío de gobernanza y de poder interno.
5. Más IA puede significar más responsabilidad profesional.
Aquí hay una paradoja que Shumer no desarrolla, pero que en Derecho es clave.
Cuando la ejecución se abarata, el juicio pesa más. Y con él, la responsabilidad ética, estratégica y profesional del abogado.
La IA puede empujar a la abogacía a algo que siempre dijo valorar, pero rara vez remuneró bien: criterio, profundidad, independencia, capacidad de incomodar al cliente cuando corresponde.
La pregunta es si la profesión está dispuesta a dejar de esconderse detrás del volumen de trabajo y asumir ese rol.
Sí, “something big is happening”, como dice Shumer, pero no es una amenaza externa que “llega” a la abogacía. Es un espejo. Y como todo espejo, incomoda más a quienes llevaban tiempo evitando mirarse.

Rafael es el responsable de Mirada 360 en América Latina, donde colabora con las firmas de abogados en estrategia, modelo de negocio y posicionamiento competitivo. El trabajo académico, como profesor e investigador durante más de 15 años, y su formación en derecho y en economía, lo llevó a interesarse por estudiar el mercado legal.