Por Rafael Mery
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No sé en qué año de la carrera estás mientras lees estas líneas. Quizá recién estás intentando entender qué es una norma jurídica, o tal vez estás preparando el examen de grado convencido de que, una vez aprobado, finalmente comenzarás a ejercer la profesión que imaginaste cuando entraste a la facultad. En cualquiera de esos momentos hay algo que me gustaría decirte, porque sospecho que cuando recibas tu título el mundo jurídico será bastante distinto del que conocieron quienes hoy son profesores, socios de firmas de abogados o jueces.
Durante buena parte de las últimas décadas existió una fórmula relativamente clara para construir una buena carrera profesional. Había que estudiar mucho, memorizar normas y jurisprudencia, conseguir trabajo en una buena firma, aprender de los abogados más experimentados, trabajar largas jornadas y esperar pacientemente el momento en que la experiencia terminara convirtiéndose en prestigio. No era un camino sencillo, pero al menos era predecible.
Ese camino ya no existe.
No porque el Derecho haya dejado de importar, sino precisamente porque seguirá importando en un mundo donde casi todo lo demás está cambiando a una velocidad difícil de comprender. La inteligencia artificial, la automatización, los datos, la globalización de los servicios profesionales y la transformación de las organizaciones están modificando la manera en que trabajarán durante los próximos cuarenta años. Serás parte, probablemente, de la primera generación de abogados que ejercerá toda su vida profesional acompañada por sistemas capaces de redactar contratos, resumir expedientes, buscar jurisprudencia, comparar legislación de distintos países y producir respuestas jurídicas en cuestión de segundos.
Muchos interpretan esa realidad como una amenaza. Yo prefiero verla como una oportunidad y una invitación.
La primera invitación consiste en estudiar Derecho de verdad.
Puede parecer una paradoja que, en una carta sobre el futuro, el primer consejo sea volver a las bases, pero precisamente porque la inteligencia artificial puede producir respuestas jurídicas convincentes, el conocimiento profundo del Derecho dejará de ser una ventaja académica para convertirse en una condición indispensable de supervivencia profesional. Cuando cualquier cliente pueda obtener una respuesta aparentemente razonable desde su computador o su teléfono, el valor del abogado estará en distinguir cuándo esa respuesta es correcta, cuándo es incompleta y cuándo conduce a un error que puede costar millones de pesos o afectar derechos fundamentales. Esa capacidad no nace de una buena aplicación ni de un mejor modelo de lenguaje; nace de años de estudio y reflexión seria.
Si tuviera que recomendar una disciplina sobre la cual construir toda tu carrera, seguiría siendo el Derecho Civil. No porque sea el más elegante, el más tradicional o el que goce de mayor prestigio académico, sino porque constituye la gramática con la que se estructura buena parte del razonamiento en ordenamientos jurídicos como el nuestro. Podrás dedicarte al derecho ambiental, al compliance, a la regulación financiera, a la libre competencia o a la inteligencia artificial, pero descubrirás una y otra vez que las categorías fundamentales siguen estando allí, sosteniendo silenciosamente el edificio completo.
No descuides los fundamentos creyendo que la tecnología los reemplazará. Ocurrirá exactamente lo contrario: mientras más poderosa sea la tecnología, más valioso será quien realmente entienda aquello que ella intenta explicar.
La segunda invitación consiste en utilizar la inteligencia artificial desde hoy, pero no para trabajar menos, sino para pensar mejor.
Hay estudiantes que la utilizan para resumir capítulos que nunca leerán y para redactar trabajos que jamás comprenderán. Es una oportunidad desperdiciada. La verdadera potencia de estas herramientas no consiste en ahorrar tiempo mecánico, sino en ampliar nuestra capacidad intelectual. Úsala para discutir argumentos, para identificar objeciones que no habías considerado, para comparar sistemas jurídicos, para explorar literatura que jamás habrías encontrado por tu cuenta y para formular mejores preguntas. Descubrirás que una buena conversación con una inteligencia artificial puede parecerse más a un seminario exigente que a un simple buscador de información.
La diferencia entre un abogado extraordinario y uno mediocre ya no estará determinada por quién sabe usar ChatGPT o cualquier otra herramienta. Eso, dentro de pocos años, será tan básico como saber utilizar Word o enviar un correo electrónico. La verdadera diferencia estará en la calidad de las preguntas que sean capaces de formular y en la profundidad con que interpreten las respuestas.
Nunca había sido tan fácil parecer inteligente y, precisamente por eso, nunca había sido tan difícil ser realmente bueno.
No aspires a ser correcto. Lo correcto será abundante. Aspira a ser excepcional.
La mediocridad siempre ha existido, pero durante mucho tiempo logró esconderse detrás del esfuerzo mecánico. Era posible impresionar por la cantidad de horas trabajadas, por la velocidad para buscar jurisprudencia o por la prolijidad en la redacción de documentos repetitivos. Muchas de esas tareas comenzarán a realizarse automáticamente. Lo único que permanecerá escaso será la capacidad de comprender problemas complejos, de conectar ideas aparentemente inconexas y de tomar decisiones cuando las respuestas evidentes hayan desaparecido.
También te recomiendo elegir cuidadosamente a tus profesores. No busques necesariamente a quienes entregan los mejores apuntes o usan las slides más completas, ni a quienes preparan las pruebas más fáciles. Es probable que esos cursos te permitan aprobar con menos esfuerzo, pero difícilmente recordarás algo de ellos diez años después. Busca, en cambio, a los profesores que te incomoden intelectualmente, a aquellos que hacen preguntas para las cuales no existe una respuesta evidente y que te obligan a revisar una y otra vez tus propias convicciones.
Cuando la información deja de ser escasa, lo verdaderamente escaso es aprender a pensar.
Si al terminar un semestre solo recuerdas las respuestas, probablemente olvidarás el curso muy pronto. Si, en cambio, conservas durante años una pregunta que sigue inquietándote, habrás encontrado un profesor que realmente valía la pena.
No limites tampoco tu formación a las paredes de la facultad.
Durante demasiado tiempo los abogados hemos vivido conversando exclusivamente con otros abogados, como si el Derecho fuera un universo autosuficiente. Sin embargo, los problemas que deberás resolver en el futuro no llegarán organizados según el plan de estudios de una escuela de Derecho. Llegarán mezclando economía, ingeniería, ciencia de datos, psicología, gestión de organizaciones, ética, comunicación y tecnología.
Por eso te recomiendo algo que parece sencillo, pero que puede cambiar una carrera completa: haz amigos fuera de Derecho. Conversa con estudiantes de ingeniería, medicina, economía, diseño, sociología, arquitectura o informática. Descubrirás que existen maneras completamente distintas de observar un mismo problema y que muchas de las mejores soluciones nacen precisamente en esas fronteras donde distintas disciplinas comienzan a conversar entre sí. Y ojalá no te limites a tus antiguos compañeros de colegio o a los que se parecen a ti. La diversidad te abre la cabeza y te permite entender de mejor manera el mundo en que habitas.
El abogado del futuro no será quien conozca más normas, sino quien sea capaz de traducir entre mundos que hablan lenguajes distintos.
Lee mucho más allá del derecho. Lee historia porque enseña que ninguna institución es eterna. Lee economía porque explica incentivos que las leyes muchas veces ignoran. Lee literatura porque ninguna disciplina comprende mejor la complejidad humana. Lee filosofía porque te enseñará a desconfiar de las respuestas demasiado simples. Lee sobre empresas, tecnología, ciencias cognitivas y comportamiento organizacional porque los clientes viven en ese mundo y no dentro de un código. Si solo lees Derecho, terminarás pensando como todos los abogados. Y precisamente ese será el problema.
Hay otro consejo que probablemente nadie te dará durante la carrera. No construyas una trayectoria pensando únicamente en conseguir tu primer trabajo.
Cuando recibas tu título tendrás poco más de veinte años y, si todo sale bien, ejercerás durante cuatro décadas o más. Eso significa que la mayor parte de tu vida profesional transcurrirá en un mercado que todavía no existe. Prepararse únicamente para impresionar en una entrevista de trabajo es como entrenar para correr los primeros cien metros de una maratón.
Pregúntate, en cambio, qué tipo de profesional seguirá siendo indispensable dentro de veinte o treinta años. La respuesta difícilmente será «el que memoriza más leyes».
Finalmente, no olvides que el prestigio comienza mucho antes del título. Escribe, investiga, participa en proyectos, desarrolla ideas, publica cuando tengas algo que decir y atrévete a equivocarte en público. La reputación ya no se construye únicamente dentro de una oficina. Se construye demostrando curiosidad, capacidad de aprendizaje y voluntad de aportar antes incluso de recibir el título profesional.
Quisiera terminar esta carta con una última reflexión.
Es probable que durante los próximos años escuches una y otra vez que la inteligencia artificial cambiará la profesión jurídica. Es cierto, pero creo que esa afirmación es incompleta. La inteligencia artificial no cambiará únicamente la forma en que trabajamos; cambiará la manera en que entendemos qué significa ser abogado. En un mundo donde las respuestas serán cada vez más abundantes y más rápidas, el verdadero valor residirá en formular las preguntas correctas, comprender a las personas detrás de los conflictos, integrar conocimientos provenientes de distintas disciplinas y ejercer un juicio que ninguna máquina podrá asumir por nosotros.
No intentes convertirte en el mejor estudiante del Derecho que conocieron tus profesores. Intenta convertirte en los primeros abogados de una generación capaz de mirar mucho más allá del Derecho sin dejar nunca de respetarlo. Porque, al final, el futuro no pertenecerá a quienes sepan competir con las máquinas en aquello que ellas hacen mejor, sino a quienes utilicen esas máquinas para comprender mejor a las personas, resolver problemas más complejos y recordar que, detrás de cada expediente, de cada contrato y de cada sentencia, sigue existiendo alguien cuya vida puede cambiar por una buena decisión jurídica. Ese, y no otro, seguirá siendo el verdadero sentido de esta profesión.

Rafael es el responsable de Mirada 360 en América Latina, donde colabora con las firmas de abogados en estrategia, modelo de negocio y posicionamiento competitivo. El trabajo académico, como profesor e investigador durante más de 15 años, y su formación en derecho y en economía, lo llevó a interesarse por estudiar el mercado legal.



