Durante los últimos quince años, el Legal Project Management (LPM) fue presentado como una de las grandes innovaciones en la gestión de firmas de abogados. Dado que los servicios legales se habían vuelto más complejos, los clientes más exigentes y los presupuestos más restringidos, el LPM ofrecía administrar el trabajo legal como proyectos.
Había que definir el alcance, dividir el asunto en tareas, asignar responsables, estimar horas, controlar presupuestos, identificar dependencias, monitorear avances y mantener informado al cliente. Las grandes firmas comenzaron a contratar legal project managers, aparecieron certificaciones, metodologías, programas de capacitación y softwareespecializado.
La disciplina, de hecho, parece encontrarse todavía en expansión. Una encuesta global realizada en 2025 por el International Institute of Legal Project Management(IILPM), aunque sobre una muestra relativamente pequeña de 61 profesionales, encontró que el 59% de las organizaciones había experimentado un crecimiento moderado en la adopción de LPM durante los tres años anteriores y otro 21% reportaba un crecimiento significativo. Eficiencia y control de costos aparecían como sus principales impulsores.
Todo indicaría, entonces, que estamos frente a una disciplina que todavía está consolidándose. Puede ser, pero también es posible que estemos perfeccionando una solución para un problema que está comenzando a cambiar.
La metodología Agile era una solución a una restricción.
En marzo de 2026, Brian Carpizo publicó en Medium un provocador artículo titulado “Agile Is Dead. AI Killed It. Welcome Back, Waterfall”. Su argumento resulta especialmente interesante porque no se limita a afirmar que la IA permite programar más rápido, sino que lo que cuestiona es la arquitectura organizacional construida alrededor del desarrollo de software durante las últimas décadas.
Según Carpizo, Agile surgió como respuesta a dos restricciones muy concretas. La primera era nuestra limitada capacidad para planificar sistemas complejos por adelantado, y la segunda era que desarrollar software era lento y costoso.
Si no podemos anticipar exactamente cómo será el producto final y equivocarnos cuesta mucho, resulta perfectamente racional dividir el desarrollo en pequeñas unidades, avanzar mediante sprints, probar, corregir y volver a comenzar.
El problema es que alrededor de esa intuición terminó desarrollándose lo que Carpizo denomina una ceremony economy: stand-ups, sprint planning, retrospectivas, story points, burn-down charts, Scrum Masters, Product Owners y toda una infraestructura dedicada a organizar y coordinar el trabajo de muchas personas.
La provocación de Carpizo consiste en preguntarse qué ocurre con esa infraestructura cuando la IA modifica las restricciones que justificaron su existencia. Su respuesta -quizás demasiado categórica- es que Agile ha muerto.
La conclusión probablemente exagera. La incertidumbre respecto de los clientes, usuarios y mercados sigue existiendo, y ninguna IA puede eliminar completamente la necesidad de experimentar y recibir feedback. De hecho, la alternativa que el propio Carpizo propone conserva precisamente esa dimensión iterativa: specification-first, iteration-on-feedback. Falk Gottlob ha descrito posteriormente una idea semejante como el spec-first loop: especificar mucho mejor, construir extraordinariamente rápido, validar y volver a iterar.
Lo verdaderamente interesante, por tanto, no es anunciar la muerte de Agile, sino que preguntarse qué otras disciplinas de gestión fueron construidas para administrar restricciones que la IA está comenzando a modificar. Y una de ellas puede ser el Legal Project Management.
¿Por qué necesitábamos Legal Project Management?
Pensemos en cómo se produce tradicionalmente un asunto jurídico complejo. Un socio recibe el encargo del cliente. Un asociado senior organiza el trabajo. Varios asociados investigan problemas diferentes. Abogados junior revisan documentos, construyen cronologías, preparan tablas y buscan jurisprudencia. Alguien controla las horas. Otro abogado consolida los resultados. El senior revisa. El socio vuelve a revisar. Se informa al cliente. Aparecen nuevas instrucciones y el proceso comienza nuevamente.
Cuantas más personas participan, mayor es la necesidad de coordinación, y esa coordinación tiene un costo.
Hay que dividir el trabajo, asignarlo, explicar qué debe hacerse, establecer plazos, supervisar avances, integrar resultados, controlar versiones, organizar reuniones, informar desviaciones y verificar que las distintas piezas finalmente produzcan algo coherente.
El Legal Project Management apareció precisamente para profesionalizar esa coordinación.
Visto desde esta perspectiva, el LPM puede entenderse como una tecnología organizacional para resolver un problema fundamental: ¿cómo coordinar grandes cantidades de trabajo jurídico humano fragmentado?
Pero con la IA, la pregunta comienza a ser otra: ¿qué ocurre si necesitamos menos trabajo humano fragmentado?
La IA reduce el costo de producir, pero también el de coordinar.
Buena parte de la conversación sobre IA y abogacía se ha concentrado en productividad. Una tarea que requería cinco horas ahora puede hacerse en una. Una revisión documental que necesitaba diez abogados puede necesitar tres. Un primer borrador puede generarse en minutos.
Pero probablemente estamos observando solamente la primera parte del fenómeno, porque la IA no solo disminuye el costo de ejecutar determinadas tareas, sino que también puede disminuir el número de interacciones humanas necesarias para producir un resultado complejo.
Supongamos que un abogado debe realizar un due diligence. En el modelo tradicional, el trabajo puede distribuirse entre distintos abogados encargados de materias societarias, laborales, regulatorias, contractuales y litigiosas. Cada equipo revisa documentos, completa matrices, identifica contingencias y reporta sus conclusiones. Posteriormente alguien debe consolidar todo aquello.
La fragmentación permite aumentar la capacidad productiva, pero genera simultáneamente una enorme necesidad de coordinación.
Ahora imaginemos un sistema compuesto por agentes especializados que reciben simultáneamente el data room, las instrucciones del cliente, el playbook de la firma, los criterios de materialidad, las cláusulas relevantes y los precedentes utilizados en operaciones anteriores.
Un agente puede revisar contratos, otro identificar contingencias laborales, otro construir la cronología societaria, otro verificar consistencia entre documentos, otro controlar que las conclusiones se ajusten al playbook y, finalmente, otro puede consolidar los resultados.
El abogado continúa supervisando el proceso y respondiendo por el resultado, pero ya no necesariamente administra un ejército de personas; administra un sistema.
De gestionar personas a orquestar sistemas.
Aquí puede encontrarse el verdadero cambio. Durante años, aumentar la capacidad de producción de una firma significaba aumentar personas, y aumentar personas significaba aumentar coordinación.
La pirámide tradicional de la firma de abogados respondía perfectamente a esa lógica: el socio, arriba, encarga el asunto al senior, quien a su vez entrega el trabajo a los asociados. Cada nivel producía trabajo, pero también coordinaba el nivel inferior.
La IA introduce una posibilidad diferente. Un abogado experimentado puede disponer de una capacidad productiva que anteriormente requería varios profesionales, apoyándose en modelos, agentes, bases documentales, playbooks y automatizaciones. No elimina la gestión, pero cambia su objeto.
El profesional deja progresivamente de administrar únicamente personas que ejecutan tareas y comienza a “orquestar capacidades humanas y artificiales que producen resultados”.
Gestionar un proyecto tradicional supone dividir un objetivo en tareas, distribuirlas entre personas y controlar posteriormente su ejecución. Orquestar un sistema basado en IA, en cambio, exige algo distinto: definir correctamente el problema, proporcionar contexto, establecer restricciones, diseñar flujos, seleccionar herramientas, determinar puntos de intervención humana, establecer mecanismos de validación y controlar la calidad del resultado.
La paradoja del LPM.
Paradójicamente, mientras estas transformaciones comienzan a producirse, el Legal Project Management continúa creciendo. La encuesta del IILPM de 2025 muestra que el 50% de los encuestados utilizaba software genérico de gestión de proyectos, 36,7% software específicamente orientado a LPM y 35% plataformas de IA. Además, 43% esperaba que la IA tuviera un impacto significativo sobre el LPM y otro 25% lo calificaba como transformacional.
La profesión parece interpretar todavía la IA principalmente como una nueva herramienta dentro del Legal Project Management.
Pero puede que la relación termine funcionando exactamente al revés. No se trataría simplemente de introducir IA en nuestros procesos de gestión de proyectos, sino que lo que podría ocurrir es que la IA transforme la arquitectura productiva hasta el punto de reducir parte de aquello que hoy necesitamos gestionar.
Algo parecido puede observarse en el propio Project Management Institute (PMI). En junio de 2026, PMI publicó “The Standard for Artificial Intelligence in Portfolio, Program, and Project Management”, presentado como el primer estándar global para la aplicación de IA al trabajo profesional de proyectos. El estándar contempla gobernanza, gestión de riesgos, supervisión humana y todo el ciclo de vida de proyectos que incorporan IA.
Al mismo tiempo, PMI ya ofrece formación sobre agentes de IA para proyectos, describiendo sistemas capaces de automatizar trabajo repetitivo y acelerar la ejecución, y su propia plataforma Infinity incorpora agentes capaces de realizar tareas de Project Managementbajo supervisión.
¿Qué significa esto? La institución emblemática del Project Management está utilizando IA para automatizar parte del trabajo del propio Project Management.
El problema de las ceremonias.
Esto obliga además a revisar muchas prácticas que las firmas han ido incorporando durante los últimos años. Reuniones de kick-off, matrices RACI, matter plans, presupuestos extremadamente detallados, reuniones semanales de seguimiento, reportes de avance, Dashboards, revisiones de milestones y reuniones de cierre.
Todas ellas pueden tener sentido, pero el punto es saber cuánto valor generan en comparación con el costo de mantenerlas.
Cuando coordinar veinte personas era inevitable, invertir muchas horas en coordinación podía resultar perfectamente racional, pero cuando determinados asuntos pueden ejecutarse mediante equipos mucho más pequeños apoyados por agentes, parte de esa infraestructura puede convertirse simplemente en overhead.
De allí que, el peligro consiste en confundir profesionalización con burocratización.
Las metodologías tienden a sobrevivir a los problemas que originalmente pretendían resolver. Primero aparece una dificultad; después desarrollamos una metodología para enfrentarla; luego creamos cargos, certificaciones, software, consultores y departamentos alrededor de ella. Finalmente comenzamos a defender la metodología independientemente de que la dificultad original siga teniendo la misma importancia.
Carpizo llama a esto, en Agile, la ceremony economy.
El mercado legal debería preguntarse si está construyendo su propia economía de ceremonias.
¿Quién mató al Legal Project Manager?
Probablemente nadie; al menos todavía. El LPM seguirá siendo necesario mientras existan proyectos jurídicos complejos, múltiples actores, presupuestos, riesgos, clientes, plazos y responsabilidades. Incluso los sistemas de agentes necesitarán gobernanza, escalamiento y supervisión humana. El propio PMI, al analizar equipos híbridos de humanos y agentes, insiste en mantener claramente definida la responsabilidad humana sobre los resultados.
Pero eso no significa que la función vaya a conservar su configuración actual. El Legal Project Manager del futuro podría parecerse mucho menos a alguien que persigue abogados para actualizar una planilla y mucho más a alguien que diseña sistemas de producción jurídica: construye playbooks, configura agentes, determina controles, estructura flujos de información, diseña puntos de escalamiento y decide dónde debe intervenir un abogado.
Quizás ni siquiera lo llamemos Legal Project Management, porque si la unidad fundamental de producción jurídica deja de ser exclusivamente un conjunto de personas coordinadas mediante tareas y comienza a convertirse en una combinación dinámica de abogados, agentes, modelos, conocimiento estructurado y automatizaciones, aquello que habrá que aprender ya no será solamente a gestionar proyectos.
Por eso, será necesario aprender a diseñar y orquestar sistemas de trabajo jurídico, y allí puede encontrarse la verdadera amenaza para el Legal Project Management tradicional.
Durante años pensamos que la IA automatizaría las tareas que estaban debajo del Project Manager, pero puede que termine automatizando también buena parte de la razón por la cual necesitábamos al Project Manager.
La pregunta, entonces, quizás no sea quién mató al Legal Project Management, sino ¿qué ocurre cuando desaparece una parte del trabajo que necesitábamos gestionar?

Rafael es el responsable de Mirada 360 en América Latina, donde colabora con las firmas de abogados en estrategia, modelo de negocio y posicionamiento competitivo. El trabajo académico, como profesor e investigador durante más de 15 años, y su formación en derecho y en economía, lo llevó a interesarse por estudiar el mercado legal.



