Durante las últimas semanas he visto repetirse una idea en distintos foros jurídicos: la inteligencia artificial no debería abaratar los servicios legales.

El argumento suele ser conocido. Si un abogado resuelve un problema en una hora gracias a la IA, en lugar de diez horas sin ella, el valor para el cliente sigue siendo el mismo. Incluso podría ser mayor. Por lo tanto, no habría razones para cobrar menos.

Suena razonable, pero el problema es que confunde dos cosas distintas: valor y precio. Y la historia económica está llena de industrias que aprendieron esa diferencia por las malas.

Pensemos en un médico y el diagnóstico. Un paciente lleva meses sintiéndose mal y visita a tres médicos. Se hace exámenes, gasta tiempo y dinero. Nadie encuentra el problema.

Finalmente llega a un especialista que, después de revisar los antecedentes durante 15 minutos, identifica correctamente la enfermedad y prescribe el tratamiento adecuado. La consulta cuesta US$1.000. El paciente podría decir: «¿Mil dólares por 15 minutos? Eso es carísimo».

Pero el valor no está en los 15 minutos, sino que está en resolver un problema que nadie más pudo resolver.

En ese caso, el precio es US$1.000, mientras que el valor está en recuperar la salud, evitar complicaciones, ahorrar meses de incertidumbre. El precio es lo que pagas y el valor es lo que recibes.

Ahora bien, aquí viene la parte interesante para la discusión sobre IA. Imaginemos que aparece una IA médica capaz de detectar la misma enfermedad con una precisión extraordinaria. Lo que antes requería 15 minutos del especialista ahora toma 30 segundos.

¿El valor para el paciente disminuye? No. Probablemente sigue siendo enorme, pero la pregunta económica es distinta: si cientos de médicos pueden ahora llegar al mismo diagnóstico en 30 segundos gracias a la IA, ¿seguirá el mercado cobrando US$1.000?

Ahí aparece la presión sobre el precio, porque el valor puede mantenerse constante mientras el precio cae. Y eso ocurre todo el tiempo.

El problema es que los abogados solemos pensar el mundo desde nuestra perspectiva. Si antes me demoraba diez horas y ahora una, siento que soy más productivo. Si soy más productivo, genero más valor. Y si genero más valor, debería cobrar lo mismo o más.

La lógica parece razonable, pero el mercado rara vez funciona así.

Lo que determina el precio no es solamente el valor que uno cree generar. También importan la oferta, la competencia, las alternativas disponibles y el costo marginal de producir el servicio. Y eso es precisamente lo que la IA está modificando.

La fotocopiadora jurídica

Imaginemos que mañana aparece una máquina capaz de producir contratos de compraventa razonablemente buenos en segundos.

¿Seguirá existiendo trabajo legal alrededor de esos contratos? Por supuesto.

¿Seguirá siendo necesario revisar riesgos, negociar cláusulas complejas o adaptar documentos a situaciones particulares? También.

Pero sería absurdo esperar que el mercado siga pagando lo mismo por la mera producción del documento.

Lo que antes era escaso se vuelve abundante, y cuando algo se vuelve abundante, normalmente baja de precio. No porque sea menos valioso, sino porque cuesta menos producirlo.

La IA no está destruyendo el valor del abogado; está destruyendo la escasez de una parte importante del trabajo jurídico. Y son cosas distintas.

Durante décadas, la industria legal pudo capturar rentas asociadas a actividades que requerían mucho tiempo: investigar jurisprudencia, revisar contratos, redactar informes, hacer due diligence, sistematizar información.

Hoy gran parte de esas tareas pueden ejecutarse en una fracción del tiempo. No necesariamente desaparecen, pero sí pierden parte de su escasez económica. Y cuando desaparece la escasez, aparece presión sobre los precios.

La lección de Excel

Hace cuarenta años, un análisis financiero complejo podía requerir equipos completos haciendo cálculos manuales. Luego llegó Excel y la productividad explotó. Sin embargo, nadie siguió cobrando por la cantidad de operaciones matemáticas realizadas. El mercado comenzó a pagar por otra cosa: interpretación, criterio, capacidad de decisión, visión estratégica.

La tecnología no eliminó a los consultores; eliminó parte de aquello por lo que cobraban.

La IA está haciendo exactamente lo mismo con los abogados.

La discusión, entonces, no es si los servicios legales se abaratarán, porque muchos ya se están abaratando. La verdadera pregunta es otra: ¿qué parte del trabajo legal seguirá siendo escasa?

Porque eso es lo que seguirá capturando valor. No la redacción, no la investigación, no la búsqueda de precedentes y no la producción de documentos. Al menos no como antes.

Lo escaso será el juicio, la estrategia, la creatividad, la gestión de incertidumbre, la capacidad de integrar variables jurídicas, económicas y políticas, y la responsabilidad profesional.

En otras palabras, aquello que resulta más difícil de automatizar.

La IA probablemente producirá dos fenómenos simultáneos. Por un lado, una enorme reducción de precios en una parte del mercado legal y, por otro, un aumento del valor de los mejores abogados. No porque sepan más derecho, sino porque saben tomar mejores decisiones.

El mercado legal podría parecerse cada vez menos a una fábrica de documentos y cada vez más a un mercado de expertos. Y eso implica algo que muchos abogados todavía no quieren aceptar: la producción jurídica será cada vez más barata y el criterio jurídico será cada vez más caro.

Por eso creo que la pregunta no es si la IA debería abaratar los servicios legales. La pregunta es: ¿qué servicios legales merecerán seguir siendo caros cuando la producción jurídica básica sea prácticamente gratuita?

Esa es la conversación que la industria legal debería estar teniendo. Y mientras más tarde en tenerla, más doloroso será el ajuste.

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